I <3 kiwis (Tomada con Instagram)
Quienes no habéis compartido conmigo sillas de plástico naranja, cafés radiactivos, paseos esquivando goteras por los pasillos, días de estudio sudando como un pollo en la biblioteca-invernadero y colas interminables en reprografía no tenéis ni idea de la cantidad de veces que deseé no tener que estudiar Interpretación (en realidad, Introducción a la Interpretación). No tenéis ni idea de cuántas veces lloré, de cuántas noches pasé sin dormir aterrorizada porque al día siguiente tenía que meterme en una cabina, ni la cantidad de veces que una compañera y yo, riéndonos, dijimos “Firmaría un contrato con mi propia sangre ahora mismo, jurando no hacer nunca jamás una interpretación, si a cambio de eso me ponen un cinco en esta asignatura y me dejan seguir adelante con mi vida.” Interpretación era la madre de todos los obstáculos. Una cosa era saber que debíamos aprobarla si queríamos terminar la carrera, saber que era útil, que tener esa asignatura como troncal en el plan de estudios nos aseguraba el poder ser intérpretes-jurado (o juradas, que me han dicho que es más correcto, pero me suena mal, qué queréis que os diga) sin examen adicional el día de mañana… y otra era el pánico que nos provocaba esa asignatura. Afortunadamente no es así para todo el mundo, pero lo fue para mí. La cuestión es que durante los tres años que estuve matriculada en esa asignatura sin atreverme a ir a más que unas tres clases por curso, y durante el último año, en el que fui a clase y a las tutorías como quien va al matadero, nunca pensé que estudiar esa asignatura fuera a servirme para nada más que para tener por fin el dichoso papelito en el dice “Fulana de tal es Licenciada en Traducción e Interpretación”. Nunca pensé, teniendo en cuenta lo clarísimo que he tenido siempre que no quería ser intérprete, que fuera a resultarme más útil que las normas de ortografía gallega que aprendí en el 2002, recién llegada a la facultad, para descubrir al curso siguiente, oh sorpresa, que habían cambiado. Y me equivoqué, me equivoqué mucho.
No entiendo a la gente que tiene terror a cortarse el pelo. No entiendo los gimoteos y los “oh, es que me ha cortado demasiado”. Sobre todo porque casi siempre que oigo estas quejas vienen de alguien que tenía el pelo larguísimo… y estropeadísimo. Yo me ponía muy tonta de pequeña, que decir no decía nada pero ponía una cara que parecía que iba a echarme a llorar al ver mis rizos caer al suelo. Luego comprendí que, como dice mi madre, “el pelo crece”. Y que es una gilipollez pensar que el pelo está más bonito por estar largo. Me gusta pegarme unos buenos cortes de vez en cuando, pero siempre era un rollo porque me tocaban peluqueras acojonadas que me cortaban menos de lo que yo quería. O que cuando les decía “tú eres la que entiendes, quiero un corte diferente, que quede bien para el pelo rizado, porque no sé alisármelo… tú sabrás qué me queda bien” me cortaban el pelo como siempre otra vez. Y luego estaba mi hermana, que es un caso aparte porque como es mi hermana y no me cobra pues…
Hoy he ido a una peluquería nueva y me he enamorado de la peluquera (MI peluquera, desde ya). Ania, después de hacerme un par de preguntas y observar mi pelo un minuto me ha dicho: me gustaría cortártelo así, y hacer esto y… Con decisión. Y además quería cortarme el pelo más corto, nada de chorradas ni medias tintas. La adoré. Me dijo también que le gustaba el color de mi pelo y que el castaño mucho más clarito que tenía en las puntas (restos de un tinte rojizo de hace un año) me quedaba estupendo… nos lo hemos cargado al cortar, pero para la próxima cortaremos un poquito más y arreglaremos lo de los colorines.
A mi pelo y a mí nos costará unos días adaptarnos al nuevo corte, pero estoy encantada. Dzieki, Ania!






