Quienes no habéis compartido conmigo sillas de plástico naranja, cafés radiactivos, paseos esquivando goteras por los pasillos, días de estudio sudando como un pollo en la biblioteca-invernadero y colas interminables en reprografía no tenéis ni idea de la cantidad de veces que deseé no tener que estudiar Interpretación (en realidad, Introducción a la Interpretación). No tenéis ni idea de cuántas veces lloré, de cuántas noches pasé sin dormir aterrorizada porque al día siguiente tenía que meterme en una cabina, ni la cantidad de veces que una compañera y yo, riéndonos, dijimos “Firmaría un contrato con mi propia sangre ahora mismo, jurando no hacer nunca jamás una interpretación, si a cambio de eso me ponen un cinco en esta asignatura y me dejan seguir adelante con mi vida.” Interpretación era la madre de todos los obstáculos. Una cosa era saber que debíamos aprobarla si queríamos terminar la carrera, saber que era útil, que tener esa asignatura como troncal en el plan de estudios nos aseguraba el poder ser intérpretes-jurado (o juradas, que me han dicho que es más correcto, pero me suena mal, qué queréis que os diga) sin examen adicional el día de mañana… y otra era el pánico que nos provocaba esa asignatura. Afortunadamente no es así para todo el mundo, pero lo fue para mí. La cuestión es que durante los tres años que estuve matriculada en esa asignatura sin atreverme a ir a más que unas tres clases por curso, y durante el último año, en el que fui a clase y a las tutorías como quien va al matadero, nunca pensé que estudiar esa asignatura fuera a servirme para nada más que para tener por fin el dichoso papelito en el dice “Fulana de tal es Licenciada en Traducción e Interpretación”. Nunca pensé, teniendo en cuenta lo clarísimo que he tenido siempre que no quería ser intérprete, que fuera a resultarme más útil que las normas de ortografía gallega que aprendí en el 2002, recién llegada a la facultad, para descubrir al curso siguiente, oh sorpresa, que habían cambiado. Y me equivoqué, me equivoqué mucho.
No entiendo a la gente que tiene terror a cortarse el pelo. No entiendo los gimoteos y los “oh, es que me ha cortado demasiado”. Sobre todo porque casi siempre que oigo estas quejas vienen de alguien que tenía el pelo larguísimo… y estropeadísimo. Yo me ponía muy tonta de pequeña, que decir no decía nada pero ponía una cara que parecía que iba a echarme a llorar al ver mis rizos caer al suelo. Luego comprendí que, como dice mi madre, “el pelo crece”. Y que es una gilipollez pensar que el pelo está más bonito por estar largo. Me gusta pegarme unos buenos cortes de vez en cuando, pero siempre era un rollo porque me tocaban peluqueras acojonadas que me cortaban menos de lo que yo quería. O que cuando les decía “tú eres la que entiendes, quiero un corte diferente, que quede bien para el pelo rizado, porque no sé alisármelo… tú sabrás qué me queda bien” me cortaban el pelo como siempre otra vez. Y luego estaba mi hermana, que es un caso aparte porque como es mi hermana y no me cobra pues…
Hoy he ido a una peluquería nueva y me he enamorado de la peluquera (MI peluquera, desde ya). Ania, después de hacerme un par de preguntas y observar mi pelo un minuto me ha dicho: me gustaría cortártelo así, y hacer esto y… Con decisión. Y además quería cortarme el pelo más corto, nada de chorradas ni medias tintas. La adoré. Me dijo también que le gustaba el color de mi pelo y que el castaño mucho más clarito que tenía en las puntas (restos de un tinte rojizo de hace un año) me quedaba estupendo… nos lo hemos cargado al cortar, pero para la próxima cortaremos un poquito más y arreglaremos lo de los colorines.
A mi pelo y a mí nos costará unos días adaptarnos al nuevo corte, pero estoy encantada. Dzieki, Ania!
Me han regalado 4 flores en mi vida. Siempre en Polonia, siempre polacos. Y 3 han sido por el Día Internacional de la Mujer. Es bonito, una pena que no se haga en España.
A mí me gusta mucho Españoles por el mundo. No es que lo vea siempre, de hecho hace bastantes meses que no lo sigo, pero me gusta. Cuando estaba en casa, además, era de las pocas cosas que nos gustaba a mi madre y a mí, así que lo veíamos juntas, contentas y sin discutir. Siempre he tenido curiosidad por conocer otros lugares, otras gentes y otras formas de vivir, eso es así desde que tengo memoria… y este programa te da la oportunidad de ver muchos lugares y mucha gente interesante. Y se ve que ha tenido éxito y se ha extendido tipo plaga y ahora hay mil programas del mismo estilo y, ahora que van las cosas como van en España, que muchos se plantean irse, aún más. Desde que he llegado a Polonia un par de periodistas (conocidos o conocidos de mis conocidos) me han hecho entrevistas a lo “españoles por el mundo”. Siempre te preguntan lo mismo: dónde estás, cuánto hace que has llegado, por qué decidiste irte de España, cuánto te ha costado encontrar un trabajo aquí y si tienes pensado volver. Más que preguntarte qué te ha enganchado del país en el que vives, te preguntan qué te ha hecho huir de España. Y, si se lo cuentas, no es eso lo que aparece reflejado en la entrevista.
El otro día leí un artículo sobre españoles que habían emigrado a Noruega. Eran obreros cualificados, pero no hablaban noruego ni inglés, no conocían a nadie allí y se habían lanzado a la aventura después de ver a los españoles sonrientes de los capítulos de Españoles por el mundo en Noruega. Se habían gastado todo su dinero en el billete de avión y luego no pudieron encontrar trabajo y estaban viviendo en albergues o en la calle. Me dolía el alma al leerlo.
A mí me han preguntado si yo recomiendo a mis amigos venir aquí. Creo que eso no lo publicaron (para qué, pudiendo contar una vez más la historia de una recién licenciada que se va a otro país porque teme no encontrar trabajo nunca en España y no poder independizarse jamás), y por eso quiero contarlo aquí. Es cierto que yo veía muy difícil encontrar un trabajo en España y es cierto que me aterraba la idea de volver a casa con papá y mamá después de ocho años en la universidad y enterrarme en vida en mi pueblo, pero si decidí venir a Cracovia fue por amor a esta ciudad y no por miedo a la situación en España.
Yo siempre había querido viajar a otro país, pero no había podido. Quería estudiar Psicología desde que tuve uso de razón. Tenía 16 años cuando a una compañera de clase le dieron una beca para un curso de inglés, en Inglaterra, durante el mes de julio. Y, aunque me alegraba por ella, los celos me quemaban por dentro. A mí no me daban una beca porque el ministerio consideraba que mi padre ganaba mucho dinero, aunque no tanto como para que a mis padres no les doliera infinito el sablazo que pagar el dinero que costaba le daría a su cuenta corriente. Así que me quedé en casa. Me quedé en casa, enfurruñada y casi sin hablar a mi padre, al que, en el fondo, culpaba de todo. Y mi madre me dijo de pronto un día, que si tantas ganas tenía de irme al extranjero, igual debería estudiar idiomas y no Psicología. Y así fue como de repente cambié el rumbo y decidí estudiar Traducción. Luego la carrera fue una mierda. Todas las carreras tienen su parte de mierda, y seguro que la de la mía la habría soportado estupendamente si la hubiese estudiado en otro sitio. Pero resulta que fui a parar a Vigo, donde solo les faltaba apedrearme por no haber nacido allí. No pedí el Erasmus en su momento por un cúmulo de tonterías: mi padre me echaba en cara continuamente el dinero que costaban mis estudios y pensé que si me iba a otro país sería aún peor, una compañera me dijo que si tenías alguna asignatura pendiente no podías pedirlo… y yo me lo creí, y luego cometí la gilipollez de echarme un novio y pensar que el mundo se acabaría si me separaba de él. Mi estancia en ese lugar siguió siendo la misma pesadilla que se muerde la cola, hasta que un día se me hincharon tanto los rizos que no aguanté más y supe que TENÍA que salir de allí. Y me cogieron en un proyecto de voluntariado europeo en Cracovia. Eso cambió mi vida. Me dio la confianza en mí misma que no había tenido nunca, aprendí infinidad de cosas… cosas útiles de verdad, de las que no vienen en los libros. Aprendí a conocerme a mí misma, a valorar las cosas en su justa medida, a decir que no, a dejar atrás el pasado, a no morirme de vergüenza cada vez que cometía un error. Quise y me dejé querer, reí, lloré, me puse a prueba constantemente… y volví a España convertida en una persona diferente. Evité muchas discusiones absurdas con mi padre no entrando al trapo y aguantando el chaparrón pensando “aguanté 20 minutos esperando un autobús a -20ºC, tú no vas a poder conmigo”, a la profesora estúpida que se me puso farruca le contesté educadamente que solo estaba ejerciendo un derecho que tengo y que lo iba a seguir haciendo, no volví a ponerme nerviosa ante un examen oral, me presenté ante mi profesor de interpretación y le conté mi vida para que me ayudara a enfrentarme a su asignatura, que me estaba quitando las ganas de vivir. Fui infinitamente más sociable, más risueña, más amable. Y las cosas me fueron mejor, aunque Vigo no dejó de ser Vigo y la mierda no dejó de ser mierda. Los dos años que me costó terminar la carrera soñaba con las calles de Cracovia, con mis niños del colegio cantando Kolorowy kredki, con las milchorrocientas clases de queso para untar, con y sin tropezones, con el té a todas horas, mis lugares favoritos, mis amigos, las señoras que me decían cosas que no entendía en la parada del tranvía, con el castillo de Wawel, el dragón, Rynek, el río Vístula, las avellanas recubiertas de chocolate Milka y los parques llenos de hojas secas en octubre. Me pasé dos años soñando con volver al lugar donde más feliz había sido, allí donde, por ser extranjera y diferente, en lugar de repudiarme, me querían y me habían elegido para enseñar a esos niños a respetar y querer a los que son diferentes.
Pensaba en hacer mil cosas cuando terminara la carrera: montar una asociación dedicada al voluntariado europeo, buscar un trabajo en una que ya estuviera funcionando, ser traductora autónoma, montar una academia de inglés, ser profesora de español para extranjeros, irme de auxiliar de conversación al Reino Unido, mudarme a Madrid y ser teleoperadora, ser cajera en un supermercado, ser dependienta en Ikea, volver a Cracovia y dar clases de español… De todas las cosas que se me pasaron por la cabeza, volver a Cracovia era lo que más deseaba.
Y vine porque, aunque me parecía imposible, hacer lo que más deseaba resultó ser lo más factible y lo más fácil. Y sí, yo estoy encantada. Pero que yo esté encantada no quiere decir que eso sea así para todo el mundo. Objetivamente, Polonia es un país muy difícil. Incluso en una ciudad tan turística como Cracovia, en la que si vas al Calzedonia a comprar unas medias las dependientas te hablan en inglés, hay muchísimos sitios en los que si no hablas polaco te mueres del asco. Comprar algo en un pequeño comercio, hacerte una tarjeta para el bus, alquilar un piso o ir al médico pueden ser tareas casi imposibles si no hablas polaco o no tienes amigos que te ayuden. La comida es, a ojos de un español, muy, muy, muy extraña. En invierno se alcanzan a veces temperaturas de -30ºC (o más) y tienes que estar preparado para lidiar con la nieve durante dos meses. Los polacos son, a veces, los seres más encantadores del mundo y, otras, más ariscos que un gato de mala leche. Y eso puede ser muy duro.
La primera vez que estuve aquí, mi organización de acogida suponía una importante red de protección: tenía ayuda para todo lo que pudiera necesitar. Y ahora tengo amigos y conocidos que me echan una mano. Gracias a ellos conseguí alquilar un piso sin tener que compartir con estudiantes ruidosos y tarados, gracias a ellos conseguí el bono mensual para el tren, y para el autobús y el tranvía. Tengo suerte de poder elegir médicos que hablan inglés y de que mi empresa pague la mitad de mi curso de polaco.
Nunca he sido una persona excesivamente apegada a la familia, estoy acostumbrada a tener lejos a mis amigos, soporto mejor el frío que el calor y, aunque no me gusta la nieve ni disfruto particularmente de perder la sensibilidad en las manos incluso llevando guantes algunos días al año… puedo con ello sin demasiados problemas.
Por eso digo siempre que estoy encantada de estar aquí, pero soy consciente de que no vale para todo el mundo. Así que… ¿recomiendo esto a mis amigos? Yo a mis amigos les digo lo que hay: que el clima es duro, el idioma muy difícil, la comida rara de cojones. Y que esta ciudad es la más bonita del mundo y los polacos son gente encantadora. Que si no tienen nada que les ate en España, tienen una carrera de idiomas, o de económicas, o de informática, hablan inglés, algún otro idioma, no temen al frío, no necesitan ir a comer a casa de mamá el primer domingo de cada mes y están dispuestos a aprender polaco… entonces adelante, intentadlo. Enviad vuestros cv por e-mail, venid un par de semanas a visitar a un amigo y probad suerte… Pero no os lo juguéis todo a una sola carta porque resulta que yo estoy contenta… porque sí, el invierno es muy duro y hace falta amar mucho esta tierra para soportarlo.





